Hasta siempre, abuelo



Chabacano. Recuerdo que así me llamabas. Nunca supe qué significaba. Pero así me identifiqué. Así me bautizaste. Así me llamabas cuando estabas de buenas y yo te sonreía. Te fuiste en la época que más disfrutabas. Donde veías, comentabas e invitabas a todo mundo a ver el partido. Pero te fuiste un día antes de un juego de México. Y yo lo sé, querrías verlo. 

Hoy ya no estás y a pesar de que nos preparaste años para este momento, se te olvidó decirnos cómo prepararnos para el día de tu partida.  Qué duro fue darme cuenta el creer que estaba preparado y en realidad no sabía nada. 

¡Cómo te gustaba mirar fútbol!  Recuerdo cuando me sentaba a tus pies y me arrullaba tu voz que ni siquiera me hablabas a mí, sino al televisor. Aunque sé que lo hacías para que yo te escuchara. Para que te preguntara. Para que me explicaras. Fuiste el mejor entrenador del Puebla (no sé porqué te inventé ese equipo), el mejor soldado en la Segunda Guerra Mundial, el mejor compadre de Howard Hughes. No, nada de eso pasó. No fue real. Pero qué importa, si lo eras para mi. Sabías que mi imaginación echaba a volar y no la detenías. No me lo negabas, a pesar de yo saber en el fondo, que sí, era una fantasía. A mi me dio siempre lo mismo tu profesión, tu religión y tus ideologías políticas. Lo podía pasar por alto, siempre y cuando hicieras a mi abuela feliz. Y mira... lo hiciste con mención honorífica. Lo lograste y con eso me quedo. 

Y cómo me gustaba echarme sobre tu barriga que la convertía en tambor, en una pista de coches, en nuestro propio campo de futbol ... en mundos inimaginables que solo tú y yo sabíamos. De ese vínculo que nadie más entiende. Que no me lo decías pero lo sabías y yo que te lo decía sin saberlo. Cuando me echaba sobre ti mientras leías el periódico. Rabiabas, te enojabas, me regañabas... éramos como un amor apache. Me odiabas con todo tu amor. Yo sé, abuelo. Yo sé que ponías el periódico una y otra vez para que yo me echara sobre de ti de nuevo. Para crear de nuevo esa cofradía que buscábamos con cualquier pretexto para estar juntos a pesar que no nos lo dijeramos.  Sea el fútbol o sea preguntándote siempre por las mismas historias. Las que me sabía de memoria pero que me contabas como si jamás las hubiera escuchado.

Déjame ver un partido más de fútbol contigo. Uno más. Déjame una vez más aventarme sobre ti. Déjame arruinarte una vez más tu lectura con el periódico.  Déjame despertarme una vez más de tu siesta. Porque necesito entender que esos momentos invaluables fueron únicos. Y quiero entender que no los tendré ya jamás. Déjame una vez más abuelo. Sólo una más y te prometo no volverte a hacer enojar. Te cumplí mi promesa. Algo que te dije mientras veíamos una de las tantas finales de futbol en el cuarto solos, mientras los demás comían y platicaban en la mesa. Agradezco que no hayas sufrido conmigo los peores momentos de mi vida. Pero lamento aún más el que no estarás en los mejores que vienen. Buen viaje, abuelo. Ponte la azulgrana donde quiera que estés, que yo desde la tierra, te lo estaré contando. 

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