El último suspiro




Supongo que he llegado ya a esa edad. En donde las primeras voces de la sabiduría y enseñanza comienzan a desvanecerse. Donde las primeras capturas de memoria se diluyen. Donde nuestra mente vive su propio solsticio para dividir el recuerdo con el presente. Nunca nadie me ha sabido explicar a ciencia cierta lo que es la muerte. En gran medida, porque no hay testigo aún de ella. Por lo tanto, la duda la tendré siempre, hasta que llegue por mí. He aprendido que hay distintos tipos de lágrimas. Las de solidaridad que se contagian, para entonces sentir que somos humanos pidiéndole al cuerpo que reaccione de manera normal. Que son distintas a las lágrimas de soledad, donde ordenamos a nuestra fe aferrarse a una esperanza que tal vez llegue o que tal vez nunca aparezca. Tratamos de convencernos que la muerte es la panacea. ¿Pero qué hay del resto? De los que se quedan.

La muerte es un ejercicio mental para ensombrecer lo malo que se hizo en vida y relucir lo bueno tras la ausencia. Lamartine solía decir “A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd.” Lo entiendo todo. Quien se va y quien se queda. Supongo que he llegado a esa edad donde la generación que perfeccionó y orientó mis valores y miedos siguen vivos pero que me hacen recordar que también morirán algún día. El inevitable desenlace que compartimos en común prioriza nuestro silencio para anteponer una sonrisa forzada que se vuelve vacía cuando tratamos de entender lo inexplicable. 

Descubrí que las lágrimas de dolor las fabricamos nosotros mismos. Que la fortaleza es insignificante cuando se trata de contagiarla. Que las piernas pierden postura, las manos se vuelven pantanos de sudor y los desérticos labios son incapaces de transmitir ánimo. Llegué a esa edad donde entiendo que la muerte no tiene palabra de honor. Llegué a esas edad para entender que la muerte no da tregua. Es ciega, atroz, carente de piedad.

Llegué a esas edad donde comienza uno a perder seres que cimentaron el principio del todo. Llegué a esa edad donde entendí la importancia de perder a un ser querido. Llegué a esa edad de comprender que nosotros mismos fabricamos nuestras propias lágrimas sin importar la forma, el momento o el apego. Llegué a esa edad donde la noche siempre vence al día en la toma de decisiones. Llegué a esa edad de darme cuenta que de a poco los maestros de la vida se van retirando lentamente, sin hacer ruido y con una estela de enseñanzas como herencia.

La muerte moldea la vida para sufrirla o gozarla. Para construir implosivamente un calvario propio, o minar de manera explosiva lo que uno siente. La muerte relata historias donde no se enjuicia a quien lo sufre, para entonces, con libertad poder vivirlas como uno quiere. Y es entonces, cuando las lágrimas aparecen en función de la forma que le des. Agobio, tristeza, inseguridad, dolor, pena, solidaridad…


Llegué a esa edad donde la vida no me enseña nada, y la muerte me lo muestra todo.

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