Mi mexicano
Yo soy fiel creyente que la edad no solo hace estragos en el cuerpo, sino también en la mente, en las creencias, en las situaciones y en las decisiones. Gran parte de los seres humanos nos comportamos como la sociedad nos dicta que debemos hacerlos conforme a nuestra madurez.
Cuando somos niños, estamos obligados a ilusionarnos con juguetes y cuentos de princesas. Cuando somos adolescentes, debemos seguir un patrón de comportamiento siendo inexpertos con responsabilidad. Como adultos, los quehaceres del hogar nos agobian hasta el punto de odiarlos. Pero no podemos odiarlos, debemos amarlos. Porque es así. Porque la vida ya tenía reglas escritas desde antes que llegáramos a ella.
Cuando alcanzamos a una edad avanzada, todo eso lo vemos lejano. Ya no nos permitimos seguir experimentando, porque esa época de probar cosas nuevas ya pasó y no podemos dar vuelta atrás. Las reglas de la vida las dictan los que pecan de moral. Después de todo, Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo, como decía Albert Camus.
En lo particular, pienso que la única barrera que nos separa de lo que queremos hacer y lo que debemos hacer, es nuestra mente que crea juicios imaginarios de los demás hacia nosotros. A veces, hacemos algo correcto o indebido, y la única inquisición esta en nuestra mente. Nadie nos ve, nadie nos dice, nadie nos juzga. Pero la culpa la cargamos meses, años o para toda la vida. Eso es lo que hace la moral. Nos hace sentir bien con algo que creemos correcto y nos despedaza el alma cuando creemos que hicimos mal. ¿Pero dónde aprendimos a darle sentido a eso?
Mi nombre es Kelly Jenkins. Tengo 55 años. Soy divorciada y tengo 2 hijos. Mary Ann de 14 y Justin de 17. Me divorcié cuando mi hijo mayor tenía solo 12 años. Ninguno de los dos entendía el significado del divorcio. Desde entonces, no he salido con nadie. Me dedico al hogar, a mis hijos y a la pequeña tienda de accesorios que tengo en Manhattan. Vivimos en New Providence, en una vecindario hermoso que nos dejó mi marido con piscina y todo lo necesario para que los chicos no les falte nada.
Voy de Lunes a Sábado a la tienda. Manejo cerca de una hora y media hasta allá. Aunque a veces prefiero tomar el tren. Demora un poco más, pero es más cómodo ante todo el ajetreo neoyorquino. Los sábados cerramos a medio día, hacemos corte de caja y me regreso a pasar el resto del fin de semana con los chicos. A veces los domingos hacemos un barbecue. Viene mi hermana Susie con su marido Tom y sus hijos: Jade y Michael. Normalmente hacemos hamburguesas mientras Justin y Tom ven el futbol americano, si es que hay temporada.
A veces nos quedamos en casa y Tom se lleva a los chicos a algún juego de los Mets, donde todos ellos son asiduos seguidores. Yo me quedo con Susie y las chicas en casa. Bebemos té o jugamos algún pasatiempo de mesa. Pero sí, cada domingo, sin importar la época del año, nos reunimos todos a pasar un gran momento.
Esta historia no se la he contado jamás a nadie. Ni siquiera a Susie, a quién le cuento todo y me ha apoyado incondicionalmente desde el divorcio con Patrick. Y a quien tanto respeto le debo, no solo por ser mi hermana mayor, sino también porque cuando estuve en esa crisis, ella estuvo siempre a mi lado y cuido de los chicos cuando no tenía siquiera cabeza para nadie que no fuera yo.
Yo quería llevar a mi familia a conocer el caribe. Hemos viajado a playas como Montauk donde disfrutamos mucho del clima y la cálida atención local. Visitamos en alguna ocasión las playas californianas y bajado hasta Los Cabos, en Mexico. Patrick y yo estuvimos unos días celebrando alguno de nuestros aniversarios por Los Cayos también. Pero visitar el caribe mexicano, era algo que me debía a mí misma desde pequeña.
En internet observaba fotos y paquetes a distintas playas del caribe. Incluso, estuve comparando precios por islas como Trinidad y Tobago o Jamaica, pero me decanté por el sur de México. Pedí referencias entre conocidos y amigos, y coincidieron todos que debía ir a Cancún. Y así fue.
Le dije a los chicos que como cada verano, viajaríamos para vacacionar una semana. Ellos emocionados empacaron todas sus maletas y al día siguiente partimos rumbo a México. Estuvimos temprano en el JFK, el vuelo se demoró poco menos de una hora, pero no le dimos importancia. Estábamos tan emocionados de ir, que todo fue relativo. Justin estaba emocionado y veía una y otra vez en el iPad todo el ecoturismo que se podía hacer en parques como Xcaret y XelHa. Mary Ann, llevaba a su prima Jade, un año mayor que ella. Mi otro sobrino, Michael, dos años mayor que mi hijo, prefirió quedarse en un campamento escolar de basquetbol. Él tiene el sueño de ser elegible algún día y ser profesional.
Solo éramos nosotros cuatro. Me sorprendió mucho que existiera un vuelo directo. Es comprensible después de ver tanto turismo en aquel lugar. Aunque fueron unas cuantas horas de vuelo, yo aproveché a leer un libro de Danielle Steel, donde realmente me transportaba a aventuras inimaginablemente eróticas donde podía ser yo, sin ser juzgada. Soy aliada de mi mente y sus fantasías, lo confieso. Después de todo, una mujer también tiene derecho a soñar e imaginar.
Aterrizamos a medio día. La diferencia de horario es mínima, así que solo tuve que atrasar mi reloj una hora. Fue impactante ver a tanta gente en el aeropuerto. Desde que pisamos suelo mexicano, el calor nos invadió por completo. Ibamos preparados con ropa corta, así que no fue problema. Tomamos las maletas y nos fuimos a buscar un taxi. Al salir, el intenso bochorno me invadió. Era como entrar a un baño de vapor ya en función. Las manos me empezaron a sudar, no de nervios, del mismo clima. Enseguida me puse mis lentes oscuros, y un sombrero tipo oasis. Tomamos un taxi y nos dirigimos al hotel.
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