A la orden del día
El sol se asomaba con cierta timidez entre los cerros que cuidaban esa pequeña ciudad que los pobladores llamaban hogar. El sereno comenzaba a emprender su huída y las luces de los hogares se encendían de a poco. Algunas casas de concreto barato y corriente, otras de madera. El frío obligaba a tapar las ventanas con sarapes o mantas gruesas aterciopeladas. Gran parte de ellas con bordados infantiles, la minoría sobrias de un color predominante.
Doña Alma, o Almita como le decían en la zona, era una viuda joven. Piel apiñonada, cabello rojizo quebrado, casi siempre recogido. Sus manos, no acorde en su edad, estaban arrugadas y descuidadas. Después de la muerte hace no mucho de su marido a causa de una enfermedad que nunca le supieron explicar en el Hospital público, tuvo que dedicarse a hacer lavado y planchado y otras veces costurar y ajustar, la ropa de las patronas. Tenía muchas. Todas ellas vivía en la colonia a las faldas del poblado donde ella vivía. Bastaba bajar una carretera angosta, sin mucho paisaje para toparse con casas de lujo. Mansiones en su mayoría. Era prácticamente como si vivieran en dos ciudades distintas.
Era ridículo que unos cuantos metros separaran tal opulencia de esa miseria. Pero a Almita, solo le tocaba el poder admirar esas casas, soñando, porqué no, algún día tener una. Después de todo, soñar es para lo único que no se necesita absolutamente nada, más que deseo y ganas.
Esa mañana, Almita se levantó mucho antes que el gallo cantara. El mismo que a todas las albas, lo hacía a todo pulmón, con ese mismo son. Calentó agua en una olla metálica, sacó el café soluble de un recipiente de plástico. En el comal, calentó 4 tortillas y en una sartén desgastada notoriamente, hizo huevos revueltos.
Despertó a sus dos pequeños que dormían juntos en la misma cama. José Ignacio, Nachito pues, y María Dolores. Nombres católicos, apostólicos romanos, como las creencias en esa pequeña casa. Nachito iba ya a la primaria. De hecho, estaba a punto de terminarla. La pequeña María Dolores apenas la iniciaba. La escuela pública estaba apenas bajando ese sendero. No era mucho caminando, pero a Almita le gustaba llevarlos de la mano por aquello del cargadero de tanto libro y comida que les preparaba para medio día.
Con el uniforme puesto, la cálida madre de los pequeños, los peinó. A Nachito le hizo una vereda del lado lateral de su cabeza y a Dolores una simple cola de caballo que le lucía bien por su pelo oscuro pero lacio. Juntos los 3 emprendieron el camino hacia abajo.
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